descubrirse y enamorarse.El melodrama, en cambio, se articula sobre la estructura inversa: los personajes saben que son el uno para el otro desde el comienzo, pero se ven separados por situación externa que los obliga a luchar para concretar su amor. Por ejemplo, en Orgullo y prejuicio, los protagonistas se enamoran a primera vista, pero no logran estar juntos hasta que ella vence su orgullo y convence a su familia, y él supera sus prejuicios y su timidez.
Es decir, que la primera siempre relata la historia de dos personas que están juntas pero no saben que se aman, y la segunda, la de dos personas que no pueden estar juntas a pesar de estar enamoradas. En la comedia, el clímax es la confesión del amor, el descubrimiento de ese cariño mútuo, y en el melodrama, en cambio, es la unión de los amantes.
La vida real, por el contrario, rara vez ofrece la pícara perfección del cine. Nuestras relaciones son, en su mayoría, una versión oscura y apolillada de la ficción. Las escenas románticas no suceden en bailes primaverales, barcos demorados o balcones de piedra gris; sino en clubes de barrio con olor a cloro, autos sin aire acondicionado o cafeterías con mozos de mal humor. No nos enviamos cartas de amor, ni nos encontramos en París; hablamos por telefonos públicos en estaciones de ómnibus llenas de ruido.
En consecuencia, si alguna vez conocemos al hombre ideal en una situación perfecta, sabremos que una de ambas variables es, necesariamente, parte de una ficción. O terminamos la noche accidentadas, detenidas en una comisaría o sepultadas bajo una lluvia de granizo, o descubrimos que el candidato perfecto era un asesino serial, un retrasado mental o un gigoló. Es hora de entenderlo, chicas: en la vida real, los únicos fuegos artificiales que existen son los petardos.